Silencio

ciclo
La misma verdad 50 veces.
Hasta convencerme de que soy indefensa.
50, ¡qué paciencia!

Hasta sentir que la fidelidad me pudre los tacones.
Que me seca las madreselvas.
Que si no me puedo ir por las ramas, entonces para qué me compré los aretes.

Tuve qué plantarme con el turco.
¡Qué el par son dos! Que no voy a pagarte 50 cada uno.

Si hasta casi me tiro por la escalera para graficarle mi desolación.
¡50 los dos! Y él machacando.
Que no voy a ser Van Gogh para que les des de comer a tus críos.

50. 50 sale la mampara del baño, fíjate.
Podría decirle al Padre Ubarlizea, pero ¿para qué?
A esa festichola no me invitó nadie.
Así que más vale que empiece a hacerme las tostaditas,
porque sino acá no come nadie.

¿Cuántos dientes tenemos? ¿50?
Entre los que usamos al nacer, los otros, y estos de cicoplenato.
A mí me hizo precio. Porque fuimos a la misma Diócesis.
¡Qué berrinche me había agarrado!
¡Era!
No me lo podían sacar de la cabeza.
Hacía padrenuestros todo el día.
Rosarios, con hilo blanco de algodón.
40 muescas.
Pero le metía 50.