Prólogo para la edición impresa

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Diego Kehrig Editor, 2014

Hasta hoy lo que podría llamarse “mi escritura”, no estaba destinada a ser leída, sino a ser respirada. Como si me hubiese tocado ser un ingeniero que construye autopistas, para que luego lleguen los actores, y sean los autitos. Así que esta publicación me obligó a expandir registro, y transitar nuevos carriles de comunicación.

Pero no todos fueron atolladeros. Llegué a la ruta con las alforjas bien provistas, conté con un bagaje oportunísimo: una empedernida vocación por el extravío.

De chiquito torturaba a mi familia diciendo: – “Me gusta el teatro, me gusta el teatro, me gusta el teatro, me gusta el teatro”. Y la verdad es que mucha bola no me dieron. Pero esto generó un efecto inverso en mí: me volví ávido, rapaz. Y todo lo que caía en mis manos que tuviese que ver con el mundo del espectáculo, con el show business enseguida lo almacenaba en mi memoria.

Lo primero que leí entonces, no fue dramaturgia o técnica teatral, sino revistas de cine que coleccionaba con ahínco, reportajes y miré mucha, mucha televisión. Todas estas últimas fuentes, que una formación académica y tradicional no dudaría un instante en catalogar de chatarra, pero que resultó ser el motor de arranque en mi carrera.

Y sumada, a esta experiencia autodidacta y accidentada, tuve la fortuna de llevar a mi lado al más enamorado copiloto: el hambre. La endeble situación económica trazó un mapa que me resultó imposible eludir. Luego de varias vueltas a la manzana, después de toparme con demasiados callejones sin salida, hallé en la industria editorial un horizonte.

Descubrí allí la diferencia entre hambre y apetito. Comprendí que vendiendo zapatos, tomates o tiempos compartidos cubría mis necesidades básicas de vivienda, alimentación y vestimenta. Pero no quedaba satisfecho, claro. Así que inicié un vínculo que ya lleva quince años, mantengo una relación profesional con el libro. Soy librero.

El cuarteto de piezas que presento aquí ha sido construido siempre “después de hora.” Las cuatro obras fueron escritas en idénticas circunstancias; en el marco de una ocupación paralela. Casi en secreto.

Después de asesorar, estantear, alarmar, envolver y facturar cientos de miles de libros, logré cruzar frontera. Y con una ventaja -a la que la mayoría de los autores nunca accede- poder conocer a mis fantasmas. Tuve la oportunidad de saber cómo eran las caras de mis lectores.

Ver a quién toma el libro, y lo deja indiferente sobre la mesa. Al que después de sopesarlo, olerlo y cazar alguna frase, lo lleva. E incluso, al cabrón que lo compra, y a los dos días lo devuelve.

No compuse la Novena Sinfonía a los 5 años. Ni leí de corrido “El Quijote” a los 7. Nada de eso. He sido un universitario del rodeo, de la perífrasis. Durante aquellos tránsitos, que mi ansiedad llamaba desvíos, vericuetos, delicuescencias, me he recibido de cirujano en mi anhelo de ser carnicero.

Aunque confieso haber deseado ritmos más veloces; justos y perfectos se condujeron literatura y calendario. Intenté pedalear calzandome otros zapatos, pero nadie escapa a su biografía.

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