Surubí Maidana

La primera vez que escribí mi nombre supe que estaba terminando un libro. Entre páginas me agito. Cargo verbos, sustantivos como un condenado a sus grilletes. Adjetivos, adverbios son moscas en mi infección.

Lanzo parlamentos. Con soltura rocío mohínes. Pero ni palabras, ni pausas, ni intenciones me pertenecen. Una trama eléctrica circula por la jaula de mis nervios.

Las fronteras de la razón me han sido martilladas, y fuera de cuadro quedó mi libertad.

Peregrina, he sido arrasada de sorpresas. Expulsada de accidentes, deambulo determinada. Genuflexa. Precisa.

Visto sinfonías que conozco ajenas. Cómplices las aves, las flores, los transeúntes sirven a mi encierro diagramado.

Mi zapatillo de cristal quiera o no, se desprenderá a las doce campanadas. Aunque con clavos a mi tobillo lo aferre, obediente iniciará el segundo acto. Y el Príncipe -ese actor de poca monta- podrá vaporoso desplegar su hidalguía coqueta por demás. Colaborador ciego de mis aburrimientos.

Las perdices se suicidan al vernos llegar. Conocen exactas su destino de emplatadas. Felices un comino.

Constituida por una pieza infinita, soy el engranaje de un rescate imposible. Todas mis fuerzas y horas las he destinado a combatir la literatura. Pero en vano, absolutamente inútiles han sido mis destrezas.

Antón Chejov golpea la puerta de mi baño, si por un instante demoro su escena en el desayuno.

Margarita Padín me ha golpeado con su bastón por no ejecutar exacta la coreografía de aquél dúo que hacíamos en un teatrito en San Andrés de Giles.

Desesperada, cuchillo en la mano, he pretendido una y otra vez mi fuga. Pero éste alquitrán fucsia se me ha adherido, y no hay raspaje que me libere. Fiel a la más estúpida de las mallas, me hundí en los mares negros de la ficción.

Me llamo Surubí Maidana y ésta es mi novela. O lo que no me atrevo a llamar vida.