Atravesando tecnologías, Federico permanece

Y continúa. Qué importa que sea un truco de computadoras, cuánto más infieles son los recuerdos, acaso. Y qué pena no habernos cruzado en 1933. Él ocupaba la habitación 704 del Hotel Castelar, y yo debí registrarme (y nunca me lo perdonaré) en la próxima o la siguiente.